Algo que suelo escuchar constantemente entre periodistas, cuando deben hablar sobre los libros, es la referencia al «olor de los libros», como si el lector promedio buscara eso cuando va a una librería. ¿En realidad leímos a Murakami o a Joyce, porque nos dejamos abrumar por el olor de sus páginas? ¿Es que no me gustó la última obra de Vargas Llosa porque el papel donde se imprimió no desprendía el olor que esperaba?

Si la gente compra libros lo hace 1) porque le gusta leer 2) porque quiere regalar algo 3) porque le obligaron a leer en el colegio o la universidad 4) porque compraron un librero que el diseñador les recomendó y ahora deben llenarlo con libros. El olor es opcional.

Comprar un libro no es una cuestión de aroma. Solo los periodistas que no saben lo que dicen podrían repetir lo del «olor de los libros». Es muy probable que ni siquiera leen uno. Pero vayamos a quienes compran para leer. ¿Por qué comprarlo, si puedes acceder a ella en una biblioteca pública? ¿Por qué gastar si podemos pedirlo prestado a un amigo? ¿Por qué tener que ir a una librería si puedes descargarlo sin salir de casa?

Es muy probable que quienes adquieran un libro físico, busquen además de la lectura, hacerse de una «propiedad». Mi libro, mi propio libro. Los libros de mi biblioteca. Mi biblioteca.

Enrique Dans, profesor de Innovación en IE Business School, Barcelona,  dice «Tradicionalmente, el acceso a las capas más elevadas de la sociedad en términos de estatus se basaba en la acumulación de propiedad, en poseer más cosas que otros. El rico era el que tenía muchas posesiones, el que almacenaba más objetos, el que tenía más caballos, más tierras o más oro».

Comprar es acumular y acumular es un signo de riqueza. ¿Se mantiene esa idea en el siglo XXI? Pienso que cada vez menos. Miremos solamente los espacios que ganamos en nuestro aparador ahora que utilizamos Netflix, los álbumes que dejamos de rellenar con nuestras fotografías de viaje ahora que todo lo cargamos en el móvil, o los libro que dejamos de comprar para nuestra biblioteca desde que adquirimos nuestro lector Kindle o Kobo.

La tecnología permite que encontremos el verdadero valor de un producto o servicio, al margen del bien en sí. «La tecnología -dice Dans- posibilita una progresión en la retirada de la fricción económica, que conlleva que la verdadera riqueza no sea poseer los bienes como tal, sino tener acceso a modelos que permitan disfrutarlos de manera ventajosa».

El libro digital responde a los nuevos modelos de economía circular, que tiene como soporte básico a la tecnología. No corresponde a una moda, es una «propuesta de aprovechamiento muy superior de los productos, en un ámbito donde sin duda veremos pronto desarrollos aún más provocativos», señala Dans.

Los lectores no compramos libros (y menos los leemos) por el olor, como espero que la gente que compra teléfonos inteligentes no lo hacen por el «aroma a equipo nuevo» con el que vienen de fábrica. Los lectores adquirimos y leemos porque nos fascina las historias que los libros contienen y esa es la verdadera riqueza de lo que obtenemos: no las páginas o las tapas, sino aquello intangible que logramos aprehender.

Si los libros físicos se mantienen vigentes, es porque hemos vivido siglos con un modelo de economía basado en la propiedad. Enrique Dans lo explica mejor:

«¿Cabe esperar que el conjunto de la sociedad entienda y compre apasionadamente este concepto de access economy, cuando los modelos económicos basados en la propiedad individual de los bienes han estado vigentes durante siglos? En absoluto. Pero eso no quiere decir que ese modelo basado en la disponibilidad de tecnología que lo hace posible no se haya convertido en una tendencia cada vez más representativa, y que, como tal, represente el cimiento sobre el que se esté construyendo una economía más eficiente».

La próxima vez que escuches a un periodista hablar no del libro, sino del objeto que tiene entre manos, apaga la televisión o la radio. Es probable que se haya quedado en el siglo XX.

 

 

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